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sigo a contracorriente

Igualdad

Es curioso como a veces la gente se molesta con los artículos más inofensivos, pero hoy voy a dar motivos. La igualdad legal está muy bien, pero la igualdad real es una entelequia: no es lo mismo hombre que mujer, ni niño que adulto, ni europeo que africano, ni profesor que alumno, ni padre que hijo, ni ingeniero que secretaria. Todos tienen sus méritos, evidentemente, pero no pueden intercambiar sus papeles.

Varias veces me han preguntado cuál es mi secreto para llevar veinte años con mi pareja. Creo que simplemente no competimos por la misma posición, sino que compartimos la relación, cada uno en su lugar. El otro día hablaba de defectos que tienen su lado bueno. Tradicionalmente se ha considerado que los hombres son demasiado competitivos y adictos al trabajo, lo cual puede ser una ventaja profesional, pero es un problema para la vida familiar. Actualmente, existen muchas parejas donde la mujer ha adoptado esa actitud masculina y se siente obligada a ser más fuerte, más audaz y agresiva. Eso coloca a su pareja en una situación en la que ya no puede ejercer el papel protector y moderador al que está acostumbrado.

Porque las mujeres, aunque no nos guste reconocerlo, tendemos a darle demasiada importancia a las cosas y perdernos en pequeñas rencillas, y necesitamos que alguien haga de contrapeso. Mientras ellos, lo que necesitan es que alguien les recuerde las cosas pequeñas de la vida. El secreto de la atracción de los sexos, como ya he dicho alguna vez, está en que cada uno asuma su papel en la relación, según su propia naturaleza. Esto implica que, aunque socialmente las relaciones de pareja se basen en la igualdad legal y partiendo de la base de un respeto mutuo, en la intimidad, llega un momento en que uno tiene que tener la iniciativa, al menos en la mayoría de los casos.

Por esa razón, a las mujeres nos resultan atractivos los hombres con carácter, que no se dejan manejar demasiado. Ellos prefieren en principio mujeres dulces y cariñosas. Todo esto no quita para que cada uno pueda tener sus intereses o su vida profesional, pero siempre que no impliquen un cambio de roles, que simplemente acaba con el magnetismo sexual; porque las hormonas no entienden de política y siguen demandando lo mismo desde el principio de los tiempos. En otras palabras, las parejas que pretenden llevar a la práctica ese ideal de igualdad, generalmente duran muy poco, porque no se pueden pasar el día negociando, y al final el hombre se harta o la mujer se aburre.

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